miércoles, 19 de noviembre de 2008

OUTING a lo culebronero.

Algunos se empeñan en criticar la ficción española. Yo la defiendo, ya lo he dicho muchas veces, se hacen maravillas con cuatro perras. Aunque la mitad de los presupuestos se los lleven los actores.

Así comenzaba mi serie española favorita, Herederos, este culebrón posmoderno que cada vez se pone más oscuro y que se está convirtiendo en un thriller en toda regla.
Herederos tiene varios puntos fuertes, el mayor tal vez sea su reparto. No sólo la susurradora-concha si no ese elenco de pandilleros que encabeza Ginés García Millán.

Si Carmen Orozco es mala, esta temporada le ha surgido una rival de agárrate que vienen curvas. El personaje de Manuela, Carme Elías, es el más atractivo de esta tanda de capítulos. Otra grande (aunque pequeñita) es la otra Concha, la Goyanes, torturada por la Velasco, esa escena debería estudiarse en las facultades. Por favor, ¡quiero una escena Elías-Velasco-Goyanes! Saltan chispas.

La trama principal de esta temporada es el secuestro de la hija de Julia. Aunque se está alargando un poco, se agradece sólo por ver escenas como la de Julia (Mar Regueras) a punto de pegar un tiro a su madre, Carmen (Velasco), en un nave abandonada.
Las tramas secundarias se están volcando en los personajes jóvenes, los dos hijos, el bi-buenazo-doscaras y la enferma-borderline-terminal. Sin embargo, parece que no saben qué hacer con la Ceci y su novio Gorka.

En Herederos todavía no se han cortado ni en la violencia ni en el sexo. El trío de Jacobo con dos buenorras hace dos semanas será memorable, sobre todo por ese momento onírico que lo dice todo sobre el personaje.

Me gusta que estén abriéndose a nuevos personajes, a nuevas historias, y que todas tengan que ver con Carmen Orozco. Me gusta que se pueda oler la serie, sí, uno ve la casa de Carmen y sabe que huele a esa mezcla de casona, ambientador barato y perfume caro, como la de Angela Channing.

Me sorprende que una serie con tanta continuidad esté mejorando cada semana de audiencia. Me alegro, porque habrá Herederos para rato. Hay que reconocer su virtud para incorporar espectadores cada semana.

Hace unas semanas un plano definía la serie: Carmen Orozco emergía de entre sus dos hijos, que se quedaban en segundo plano y soltaba: “Esta familia no la separa ni Dios”. Ese plano es la marca de la serie. Es una rareza en nuestro país que en 25 capítulos no hayan perdido el rumbo ni un minuto. Ese plano está aquí:
Es triste que haya tantos prejuicios ante el drama, sobretodo por parte de la chavalada.
Este es mi outing, me declaro fan de Herederos.

lunes, 17 de noviembre de 2008

SEXO Y SANGRE

True Blood me pone cachondo.

A estas alturas de la temporada ya estoy al borde del suicidio por la cantidad de series acumuladas que tengo que ver. Estoy estresado, y de este año sólo he podido empezar a seguir True Blood, la serie de vampiros de Alan Ball, que por cierto me pone bruto.

Sólo he escrito este post porque la serie me pone cachondo, sí, muy perro. Y es que los personajes están bastante salidorros, buenorros y tontorros, vamos, como un servidor.

Anna Paquin y sus minishorts, el hermano sado-cachas, el vampiro belleza clásica empotrador, la negra jamona, el chapero-negraco camello, el dueño del bar que te broke el back… en fin, que la única que se salva de mi ojo lujurioso es la abuela, y eso que tiene una mirada de viciosilla…
Sexualidad aparte, la serie es original en la forma de tratar el tema de los chupasangres, costumbrista en la forma, guarrilla y fresca en el contenido.


Es un gusto descubrir a Anna Paquin como una quinceañera virgen, que abre la boca y deja entrever su lengua entre los dientes como nadie pensaba que sabía hacer, se pone lasciva sin que su personaje lo sepa, se bebe la sangre y se excita aún más. Ella ama, como una quinceañera irracional, y se lanza en esa especie de historia de amor tabú, entre un Romeo-vampiro y una Julieta-paleta. Sookie y su halo de virginidad es de lo más inverosímil pero más excitante de la serie.


Lo mejor de True Blood es que no oculta nada, que se aleja de metáforas inocentonas sobre el sexo, que no le da miedo escandalizar, y que junta sangre y sexo sin pudor.

En los dos primeros capítulos se echaban de menos crímenes, sangre, violencia, pero ahora la cosa se está empezando a animar. Alan Ball ha creado una panda de depravados dentro de la América profunda. Aquí no se libran ni humanos ni vampiros. Yo quiero ser de esa pandilla.

Los personajes de True Blood se debaten entre obedecer a sus instintos o a sus prejuicios. Espero que poco a poco vayan sucumbiendo al lado oscuro y esto se convierta en una especie de Bacanal.
Disfruten de la serie ahora que es de culto, porque en cuanto la estrenen en el digital y en castellano se popularizará, y ahí ya la odiaremos. Cómo nos gusta lo snob aunque sea pirateado de Internet…

Escribiré largo y tendido sobre True Blood, cuando acabe la temporada (en dos semanas). Mientras, el que conozca a algún vampiro que me lo presente por favor.