miércoles, 26 de marzo de 2008

BROTHERS & SISTERS crítica 2a temporada


Parece que los guionistas de Brothers & Sisters han dejado su pluma dramática esta segunda temporada de la serie. Hasta los 11 capítulos que este servidor ha podido visionar (de un total de 16 que se emitirán), la familia Walker se ha tenido que enfrentar a muchas visicitudes más propias de una sitcom.

¿Se ha aligerado el tono dramático de este gran culebrón de la abc? Es muy probable, empezando porque la historia de Sarah (Rachel Griffiths) y su separación podrían haber dado mucho más de sí: ¿Dónde están sus hijos en tan terrible suceso? Otra trama que da más bien risa, Kevin (el hijo gay) y su novio en la distancia; resulta que ahora uno puede tener una pareja que conoce de una semana y vivir tres meses a 8000 kilómetros de distancia, y tan contentos, eso no es amor hombre, un poco de pasión no les vendría mal.

Pero si hay algo que cobre importancia en esta temporada es Kitty y su senador novio, encarnado por el aburrido Rob Lowe. ¡Resulta que ahora uno se puede casar en mitad de una temporada! Esta serie está rompiendo tantas convenciones, no conozco ni una sóla serie americana en la que los protagonistas se casen y lo hagan en el capítulo 10 (no, no fue por la huelga de guionistas porque el último fue el 12). Enhorabuena a esos guionistas y productores ejecutivos que lo cambian todo, y que nos hacen pensar que guardan algo mejor que una boda para el final de temporada, ¿una ruptura? Es cierto que el personaje de "Calista la delgada" está cobrando gran protagonismo esta temporada, en detrimento de la gran madre Nora Sally (Emmy censurado) Field Walker. Esa madre coraje que se ha quedado como simple hilo conductor entre las historias de los (ahora) seis hijos. Deberían buscarle algo que hacer a la pobre.

Pero tranquilos, que algo de tragedia le queda a la serie. Hay que resaltar la trama de Kevin y su adicción (¿otra vez?) a los "painkillers", y su estado después de llegar de Iraq deja mucho que desear. Genial es también el giro hacia el lado oscuro, como si de un Anakin Skywalker se tratara, del hermano bueno, Tommy. Así como la depresión postparto de su mujer. No cuento más detalles porque algún seguidor (que los hay) me querrá matar después de leer esto.

Me alegro de que esta sea una de las series más sólidas de la parrilla norteamericana (12millones de espectadores esta temporada), porque dentro de la normalidad, rompe sus pequeñas barreras, hartos estamos de otros productos que sólo innovan en la forma y que duran dos capítulos. Eso sí, yo preferiría que se dejasen de politiqueos con Rob Lowe y fueran más a la chicha, a los sentimientos, a la franquicia de la serie.

Está demostrado que el drama, cuando es drama, funciona. Que se lo digan a esa madre que tuvo que sacrificar a uno de sus dos hijos recién nacidos para salvar al otro (Julia), menuda tragedia televisiva. Larga vida a Cinco (Seis) Hermanos.

JOAQUÍN TIENE SÓLO UN OJO


Esta es la historia de Joaquín, un niño que nació con un único ojo.

A su madre, Rita, le habían explicado que su hijo era un extraño caso científico. Como no entendió lo que le dijeron los médicos, Rita se conformó con pensar que había apretado tan fuerte cuando Joaquín estaba dentro de su barriga, que el otro ojo se le había metido para adentro.

Joaquín no pensaba igual, era bastante más listo que su madre, pero también más desagradable a la vista. Él creía que lo del ojo era una maldición. Con diez años ya había sufrido tantas burlas, que había tomado la determinación de asustar a los niños en vez de intentar hacer amigos, así al menos le respetaban.  Sin embargo esta historia no trata de las penurias que pasó Joaquín, a él no le gustaba dar pena.

Joaquín no iba a un colegio especial, todo en él era normal menos su aspecto. Pero él no sabía que tenía unos milímetros cúbicos más de cerebro que el resto de la especie humana, debido al hueco que había dejado el vacío ocular. Esto le servía, sin darse cuenta, para prestar atención a asuntos que a otros niños se la repampinflaban.

Nuestro niño tenía pequeñas obsesiones, derivadas de su falta de ojo, de su genuina rareza cabezuda. Joaquín se sentía fascinado por las luces, sobre todo por las variedades de luz artificial; y más aún por las farolas y farolillos de las calles de su ciudad. Cada tarde se sentaba en la terraza de casa a observar cómo se encendían las luces mientras Rita planchaba o preparaba la cena. En cada época del año Joaquín sabía la hora exacta a la que el operario o el ordenador (gran incógnita) del ayuntamiento encendía el interruptor, y a qué hora lo hacía en cada calle diferente que veía desde la ventana.  Nadie sabía que se sentaba en la terraza a mirar las farolas, no quería que pensaran que aún era más raro. Él decía que le gustaba mirar a las personas ir y venir de allá para acá.

Joaquín jugaba siempre solo. Tenía otra pequeña obsesión: el urbanismo. Con sus juguetes se las arreglaba para construir ciudades muy habitables. Le gustaba amontonar cajas, recrear rascacielos y calles donde observar una vida para nada ajena y a la que deseaba pertenecer, una vida de muñecos que iban y venían por las avenidas, y que no se paraban a mirar a los ojos de los demás.

El hijo de Rita era una montaña rusa de emociones. Todo lo que le implicaba le tocaba, o le revolvía las tripas, todo le movía algo por dentro. Sentía que tenía que aprovechar cada segundo, todo despertaba algo en él, hasta el dolor, y eso le gustaba. Digamos que Joaquín tenía los sentidos más despiertos, más abiertos y receptivos, para lo bueno y para lo malo y que lo que le importaba era sentir. Quería tanto a Rita como si fuera el ojo que le faltaba, un amor que le mataba cuando pensaba que algún día se quedaría sin ella. Lloraba cada vez que pensaba que su madre dejaría de estar ahí algún día mientras él miraba por la ventana. Joaquín tenía el corazón descubierto, y le gustaba darlo, aunque le doliera.

¿Cómo podía ayudar a Joaquín su dotación cerebral a enfrentarse a un mundo en el que el número único de ojos tolerados era dos?

No podía.

Lo que ayudó a Joaquín fue una niña. En medio de un susto de los que daba a sus compañeros, se cruzó con Teri, una niña con dos ojos que fulminaron al uno de Joaquín. Teri le cogió la mano que usaba de garra amenazante y se la paró de sopetón. Le dio un sopapo para que saliera del trance y le abrazó. Joaquín lloró. Teri le abrazo más fuerte.

Desde ese día, Teri, aunque no compartía ni su fascinación urbanita ni su obsesión lumínica, se convirtió, sin Joaquín saberlo, en su amiga.

A los dos les unió su corazón descubierto que se entregaba al dolor y al amor por igual.

Desde entonces, Joaquín siguió jugando solo, pero sus muñecos empezaron a hablarse en el autobús urbano que iba camino del hospital en su ciudad de mentira.  

LA MUY CAPULLA


Fofi no se esperaba lo que le iba a ocurrir aquella tarde. No había menos de 40 grados a la sombra. Los prados agostados y el sonido de la chicharra le quitaban las ganas de jugar y de dar la paliza a las vacas, que también se estaban echando la siesta.

Mientras escuchaba la melodía de un árbol caído en el jardín, pensaba en lo poco original que resultaba su nombre, pero se sentía orgulloso de ser el cuarto Fofi de la familia y único superviviente. Su bisabuelo había muerto de frío en un pajar un invierno especialmente crudo, y su abuelo y su padre habían perdido demasiado el respeto a los jabalíes en las cacerías del amo, así habían acabado. Fofi no era tan valiente como sus antecesores, creía en la prudencia e incluso algunos le podían llamar miedica porque antes de lanzarse a olisquear se lo tenía que pensar dos veces. Fofi era corriente, pero él no quería ser otra cosa, sólo le preocupaba no ser el amigo de demasiadas pulgas, y eso era inevitable con las ovejas cada dos por tres infestadas y rondando por ahí.

Pero a veces el peligro acude a uno sin habérselo buscado.

Fofi sabía que ese verano había más serpientes de lo normal, a su amo le había visto matar unas cuantas con una piedra muy gorda del camino. La piedra había enrojecido por debajo, así que eso da una idea de las serpientes que había aplastado. Fofi también sabía que las muy capullas se escondían sobre todo en la zona del jardín donde el cortacésped brillaba por su ausencia. Entre el rosal amarillo y el blanco, los hierbajos silvestres y los agujeros de los topillos, se había creado un entorno maravilloso para su cría, y el agua de la piscina en ruinas las servía de bebedero.

Fofi evitaba pasar por el peculiar triángulo de las bermudas del jardín, y este verano sería más prudente que nunca. No había sido un año fácill sentimentalmente y se le hacía tarde para tener descendencia.

Fofi bebía agua en la vieja rueda de afilar, alejada del triángulo de las Bermudas. Allí había bebido todo el verano, y ya estaba asqueado porque ese agua llevaba estancada meses, era casi negra de la podredumbre de las hojas y las ramas que habían caído en ella; pero para él lo importante no era el sabor, sino la seguridad. Fofi estaba equivocado. Cuando hundió el hocico para llevarse un poco de agua a la boca…lo sacó con una serpiente verde y roja como apéndice. Se asustó, gritó, y dio un salto en el mismo momento en que notaba a La Muy Capulla picarle en todos los morros.

Fofi se zafó de ella, agitando la cabeza, y corrió muy asustado, El dolor le penetraba la parte frontal de su cabeza, ¿estaba perdiendo el olfato? . Sabía que debía acudir a su amo para que le viera, y aunque se moría solo de pensarlo, le sacara con un cuchillo el veneno de La Muy Capulla. Eso le había hecho el verano pasado a su amiga y amante Neska, o al menos eso le parecía haber visto, porque había tenido que apartar la mirada de esa escabechina para no desmayarse. Gracias al amo, Neska estaba vivita y coleando, eso sí, con otro y bien preñada.

A Fofi no le hizo falta llegar hasta la puerta para darse cuenta de que estaba solo, el coche del amo no estaba en el camino, debía haber bajado al pueblo a tomar café con el cojo y a reírse de la ninfómana.
Fofi se recostó bajo el chopo, a la sombra en aquel día caluroso, intentando no pensar en el dolor, en la parálisis y anhelando que hubiera vida más allá de la muerte. Se tumbó, cerró los ojos y en ese momento pensó en lo poco valiente que iba a ser su muerte, y que era una pena que Neska no le hubiera querido para dejarla preñada del quinto Fofi.